Vittoria.

Las mujeres somos dueñas de nuestras ideas,

de nuestra mente

y por encima todo*

de nuestro CUERPO.

*Por encima de esa panda de mamarrachos/as que nos insultan por acostarnos con quien nos de la real gana, por encima de todos esos señores grises, trajeados y conservadores que no tienen ni idea de cómo funciona nuestro aparato reproductor, por encima de la religión, por encima de esa mierda de asociaciones que más que decidir lo que pasa en nuestro coño deberían decidir lo que pasa en sus cabezas, por encima de convicciones políticas, por encima de todos los que callaron las voces de las que lucharon por conseguir una pizca de igualdad, por encima de todos los que intentaron e intentan pisotear nuestros derechos.

-“Dorothea Lange with Graflex”, 1937

Die Liebhaber.

 

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Las grandes amantes no fueron siempre las que mejor supieron moverse en la cama o las más expertas en el arte de amar, sino, en muchas ocasiones, las que supieron saltar más ventajosamente de cama en cama.

 

 

 

-Extracto de “Los Poderes de Venus”, Alicia Misrahi, 2006

-Kristen McMenamy and Nadja Auermann by Richard Avedon for Versace SS 1995

Yo no soy una princesa.

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“Antes de que surjan las primeras expectativas, como si se tratara de la relación con una chica, te aviso: yo no soy perfecto, y espero que tú tampoco lo seas. No soy un príncipe y detesto a las princesas.
No eres Cenicienta y, aunque me encantan tus pies, hay un montón de chicas que calzan un treinta y seis. Cuando den las doce y nos vayamos a la cama… Cuando tus hermanas no te hagan limpiar… Cuando ya no suene ningún vals… Cuando no haya magia, ni carrozas… Cuando el color de mi sangre no te impresione y no me pongan cachondo tus tacones de cristal… Entonces, sólo quedarán ratas y calabazas: la realidad nos matará.

No seas La Bella, no te duermas. La narcolepsia es una mierda. Y yo tengo muy mal despertar. No sé cómo iba a reaccionar si al abrir los ojos descubro que cuatro palomas hacen la cama, un ciervo pasa el aspirador y unos castores friegan los platos de la noche anterior. No sé yo si iba a entender que todos los animales silvestres formaran un coro perfectamente armonizado. Cuando la taxidermia pasara a ser una opción real, qué ibas a hacer… ¿mandarme a dormir al sofá?

Me encantaría que no existiera el tiempo, olvidarme la sombra en casa y llevarte a Nunca Jamás. Pero las canas me obligan a girar a la izquierda en la segunda estrella y, aunque recuerdo lo de pensar bonito para volar, ahora, como mucho, consigo levitar. Me hago mayor. Tú también. Y si sigues dejando la ventana abierta para dormir, aparecerán muchos fingiendo ser Peter Pan… pero que no te engañen, subieron trepando. Ni siquiera son capaces de saltar. Si quieres que sea yo el que vaya a tu habitación, cierra la ventana. Soy de usar las puertas para entrar. No abras todo de par en par. Hace frío. No me hagas dormir helado, porque me levanto afónico y sólo me apetece vomitar.

Admito que el peligro, las escapadas nocturnas por la ciudad, la luna llena y el sonido de un acordeón tienen su punto romántico. Pero, debes reconocerlo, la probabilidad de que cojamos los dos extremos de un mismo espagueti es escasa. Si nos queremos besar, mejor vayamos directos. Está muy bien que seas una dama, pero, por favor, en la cama… no me ladres como un cócker y muérdeme como lo haría un pitbull. Soy un vagabundo, tranquila, lo podré soportar.

A quien no soporto es a Blancanieves. Y oye, que si es tu referente, tu modelo a imitar, perfecto… pero no pongas en mí la responsabilidad de resucitarte. Pásate al plátano, a las peras, a las ciruelas, al melón, a la sandía… porque como te acerques a una manzana, ahí te quedas. No entiendo la necesidad de gustar a todo el mundo, de buscar al hombre perfecto juntándolo en siete. ¿Para qué ser la más guapa del lugar? Tampoco entendería que tu vida ideal fuera hacer la cama, lavar la ropa, cocinar y esperar sentada a que volviera de trabajar…. No curro en la mina y no vuelvo -ay ho, ay ho- a casa a descansar.

No te pongas Bella, eres guapa porque sí. No digas que me prefieres Bestia. No lo hagas si luego sólo me besas cuando me vuelvo blandito, soso y con tan poco carisma que hasta yo me quedaría con Gastón. Prefiero un tulipán a una rosa y, si un candelabro me habla y monta con sus colegas un fantástico número musical mientras me da de cenar… lo saco de gira, lo llevo a la Gran Vía, al diario de Patricia, lo subasto en eBay o lo presento a Masterchef. No lo acojo en la familia como si fuera mi cuñado.

Lo nuestro nunca podrá funcionar si pretendemos ser Jasmin y Aladín. Algún día la alfombra no querrá volar y el mundo ideal que conocimos se volverá más… normal. No podré cumplir tus deseos con tanta facilidad. Algún día volveré a ser una rata callejera y sólo podrás ver la parte bruta del diamante en bruto… Algún día te costará más darme la mano y confiar en mí. Algún día no voy a merecer que me la des. Algún día no me la darás. Si esperamos que nuestra relación prospere en el desierto, estamos fatal.

Nos cuentan cuentos. Disney está muerto, no lo congelaron… otro cuento. Como todos sus finales felices, que lo son, porque no cuentan lo que viene después… cuentos. A la mierda los príncipes y las princesas, los castillos, los dragones, los hechizos y las historias con final. A la mierda las expectativas. Si tengo que vivir un cuento, mejor lo cuento yo. Ahora se llama blog.

Hablábamos de eso, ¿no? Hablábamos de que esto es un blog. ¿O hablábamos de empezar una relación? En cualquier caso: no espero nada de ti. No lo esperes tú de mí… y sorprendámonos.”

-“Twiggy”, Richard Avedon, 1968

-“Yo no soy un príncipe y detesto a las princesas”, Nacho López en “2many Bloggers”, 2013

La lectora.

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Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

-“Lectora abstraída del mundo”, Sabina Katz

-“Chicas que no leen”, Charles Warnke